viernes 27 de enero de 2012

Tres
















Se entretiene dirigiendo la mirada hacia el horizonte. Cruza el aire en busca de algo, un tesoro. No despedaza la puerta que le impide ver más allá, un resquicio lo salva. La luz matinal deja su impronta en las paredes. El sonido de un avión despierta su curiosidad; lo elige o la experiencia a él. Un mechón de sus cabellos se yergue, tal vez es el motor cercano de la nave, pero no se inmuta. Una pestaña roza su pecho lampiño, pide un deseo, acaso deshacer el mundo nuevamente. Voltea, el sonido del teléfono lo ha interrumpido, elabora una pregunta breve al paso. Repite con fruición el sonido o lo más cercano al mismo. Reanuda la recolección de datos, juega con el espacio, el tiempo.

sábado 31 de diciembre de 2011

Margarita




El primer recuerdo que tengo de mi abuela es su silbido dominguero, muy temprano, casi de madrugada. No era muy fuerte, pero inconfundible.


Creo que nunca estuvo tan cerca a nosotros como en esos días.


Entonces no lo sabía, su vida se iba apagando de a pocos, se estaba despidiendo de nosotros. La poca vitalidad que le quedaba, caería enferma meses más tarde, la volcaba completa en cocinar, cuidar de cada uno y jalarnos de las mechas. Y tal vez ahí radique lo notable de ella, sabía que su partida era inevitable. Jamás acudió al médico en su vida, se reía de los dolores de muela saboreando caramelos de limón y viendo Trampolín a la fama.


Por las tardes, después del almuerzo, se sentaba en una silla de espaldas al patio de la casa, contaba historias pasadas de amantes imaginarios y otras no tan felices. Era inevitable verla descansar tranquila, a mitad de un recuerdo, la tarde ya casi moría, también.


Hacia las seis alisaba su falda gris, que ella misma hacia, y con el dorso de la mano se acomodaba el cabello. Siempre me intrigó saber si era la única prenda que tenía o eran muchas iguales que contaba en su haber.


Uno de nosotros la acompañaba al paradero, era verano creo, su bus tardaba en llegar. Debía ser el único, regresaba casi vacío.


La veía alejarse, desaparecer, como una lucecita de bengala, hasta el siguiente fin de semana.




Post scríptum: ... dos canciones favoritas de ella ...






miércoles 30 de noviembre de 2011

Técnica errada



Llegó tarde, para variar. Un día ausente y ya parecía una semana eterna de tranquilidad. Les dije que resolvieran unos ejercicios del libro de trabajo, solo restaban diez o doce minutos para el examen de medio curso. Desde el primer día de clases supe que esa muchacha andaba con los pies en cualquier lugar, menos en el aula. Más de una vez nos hemos cruzado en la cafetería, ella de la mano de su enamorado yo abrazando una galleta al paso. No había estudiado absolutamente nada. Se fue a la última página del libro y empezó a copiar las respuestas, más bien trataba de recordarlas hasta que volviera a la página correspondiente. Una vez escritas se borrarían automáticamente de su mente. La primera vez la fulminé con la mirada, puso la cara muy suya, de yo no fui. Después ni siquiera me molesté en mirarla, sabía a qué atenerme. Recordé que mi profesora de Lengua II de la universidad encontraba vano plagiar de un papel que previamente había sido resumido del cuaderno o el libro, pues esa acción de copiado de las ideas más importantes no era sino una síntesis del texto original, vale decir un resumen. Entonces supe enseguida su destino, no llegaría lejos, no bien empezado el examen su pobre memoria y sus recuerdos anclarían en la tierra del olvido. Obtuvo trece de veinticinco. Irónicamente, el simple hecho de querer triunfar en los ejercicios la imposibilitaba de retener la información, de tal manera que le sirviera para el examen y su consecuente aprobación.

jueves 27 de octubre de 2011

viernes 30 de septiembre de 2011

Maternal



Siempre estaremos en deuda con nuestras madres, no así con nuestros padres. El mayor esfuerzo podrá ser cuestionado de cara al guillotinaso materno, el menor error potenciado y sublimado. No exageran al decir que les debemos la vida; por eso, no bien llegados a este mundo, ya empezamos a desgajar las cuotas módicas de nuestro existir.

lunes 22 de agosto de 2011

Fakebook



Dos jovencitas trepan casi al vuelo. Se desparraman sobre los asientos. Ora para sentirlos, ora para darles algo de realidad. Tal vez sea lo único real. El carro reanuda su marcha enseguida, es cruel, no espera a nadie más. Ya pasan las dos de la tarde y está a medio llenar; el sol se cola por las ventanas. Deben tener quince años a lo mucho, pero ya son herramientas tecnológicas. Sonríen entre ellas, hacia ellas, su inocencia rebota en círculos. El adiós amor de los parlantes fluye con naturalidad por estos lares, es una puerta giratoria. Una de ellas, la que está pegada a la ventana, desenvaina su arma feroz, una cámara digital plateada. Se avanza lento, hay gente en las calles. La enfoca en picado y dispara sobre las dos. El flash no llama la atención, traspasa los cristales y sigue su rumbo, fotografiando la ciudad, lo visto, lo sido. Reflejando lo imposible, perpetuando la especie. Ellas no se dan por aludidas, el mundo se esfuma después de apretar el disparador, han aprendido a aniquilarlo aún sin saberlo. Los encuadres son variados, cómicos, originales, casuales. Temo que me retraten y luego me hagan desaparecer al subirme a la plataforma más popular del mundo. Me cobijo entre los desvencijados fierros que fungen de sillas. Todo fluiría con naturalidad y este episodio quedaría solo ahí, en el olvido, en la anécdota, de no ser por las repercusiones que en ellas y los demás tendrá el simple deseo de querer inmortalizar el momento. Subirán las fotos con alguna leyenda abajo y dotarán de existencia a sus vidas, a las fotografías. Llenarán los retratos de comentarios, de notificaciones, de vacuidad, de necedad. Era necesario, pues, capturar el hecho y exponerlo, insuflarlo e inflarlo de vitalidad. Las chicas finalmente existen, son algo, pero su vida es corta. Perecerán ante un nuevo evento, hasta que una nueva opinión cobarde, sin rostro, las aniquile o cuando ellas, de mutuo acuerdo decidan inmolarse ante una nueva historia que contar.

jueves 21 de julio de 2011

Claroscuro



Ver parejas en la penumbra buscando guarecerse de la luz ya no me resulta tierno. Ni siquiera nostálgico, más bien extraño.




Vivre sa vie de Jean-Luc Godard