jueves, 4 de febrero de 2010

La silla de Adán


De él mucho se ha dicho, pero poco queda al descubierto. Su sobretodo lo abrazaba de la cabeza a los pies. Nunca lo vi, pero aquellos que sí dieron fe de su presencia avasalladora. Eloy Jáuregui lo escuchó cantar el castellano, el pecho pegoteado de tallarines malolientes, el copón de aguardiente bajo el mentón. Previamente sazonado, Oswaldo Reynoso armose de valor y le entregó, tembloroso, el borrador de Los inocentes. “He leído su texto y me ha dado miedo” le espetó el vate en su rostro. “Usted va a sufrir mucho en el Perú”. No dijo más, pero el hálito de pisco quedó colgando del eco de su voz. Luego de ese encuentro el propio novelista saldría a su encuentro, en la esquina de Chancay con Colmena, para salvarlo de una patota de pirañitas ante los cuales el poeta, vencido, clamaba un poco de cariño. Luis Alberto Sánchez lo llamó “gitano de su verbo, lo raptó cuando apenas balbuceaba, y ha logrado romperle las articulaciones para obligarle a todo género de piruetas” y en el mismo colofón a La Casa de Cartón sentencia Mariátegui la conciliación entre el Génesis y Darwin que su nombre intenta. Algunos versos suyos deben descansar aún en la habitación que ocupaba en El Comercio, las otras en las huellas que dejara Genaro Ortiz al matar a Marcelino Domínguez y aunque las mesas ya no son las mismas, antes eran de madera, El Cordano guarda los recuerdos de su impronta, su chela negra y su ceviche de rigor, los poemas en servilleta bordean su rincón, que ascienden hasta Humareda y su sempiterno sancochado.




Frédéric Chopin

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