domingo, 30 de mayo de 2010

Ajustes



Al maestro Lucho Barrios


Hace cuatro décadas, la madre de un amigo muy cercano, del cual no mencionaré su nombre, quedó en estado. Entonces no existían ecografías que determinasen el sexo, pero ella, luego de tres hijos, naturalmente, esperaba una rosita. Su esposo, en cambio, anhelaba un cuarto varón. Irónicamente no recordaba ni el momento, ni el lugar, ni las circunstancias en que ellos fueron concebidos. La resaca le duraba varios días. Siempre fue distante y distinto con ella.

La barriga de la doña creciendo iba, y con ello su esperanza de alumbrar una niña. A veces ayudaba predecir, y el vaticinio de la abuela casi no fallaba, vientres en punta y pequeños correspondían a una damita. Paralelamente el marido se tornaba más hosco y huraño. A los pocos meses la niña arribó y no tardó en ser la alegría de la madre y la abuela, su padre apenas la miraba.

Treinta y tantos años más tarde regresaba a su país después de una larga estadía en Europa. Venía a casarse, a regalarle tamaña dicha a su madre, a sus hermanos y también a su padre.

El día de la boda, sin embargo, se salió con su gusto. Entró del brazo de su hermano mayor, felicísima, ante la mirada atónita de unos pocos.


Mi niña bonita de Lucho Barrios


domingo, 2 de mayo de 2010

Caja china


Querida Tantriste:



Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nunca nos entendimos de veras; acepto mi culpa, la responsabilidad y el fracaso (…) Acepto también, como merecidos, los momentos dichosos. En todo caso, perdón. Nunca miré de frente a tu cara, nunca te mostré la mía.

J.C.O.


Volvió a la habitación una vez más. Tal vez para guardar un recuerdo último. Reconoció los cajones abiertos, la cama aún sin arreglar, una blusa colgada y una corbata atravesada; medio vaso lleno de agua, el cenicero rebalsando, sus pastillas contra la migraña. Anheló que la presente impronta y su deseo se fundieran y le enviaran recuerdos tardíos, ya no para hacerla cambiar de opinión, ni despertar cierta misericordia, sino para torcer cualquier atisbo de prosperidad en su vida por venir, a partir del simple hecho de haber visitado el cuarto vacío y así haber logrado inmovilizar el pasado. Era su forma de vengarse. Su libro favorito descansaba sobre el velador de ella.


This house is empty now del maestro Elvis Costello