sábado, 16 de abril de 2011

Tecnología incorporada



Llevaba unos minutos en el asiento de la histórica línea JB cuando reparé en una fémina de cabello teñido. Me llamó la atención el color amarillo del mismo. Como suele pasar, divagué en mis pensamientos. Al rato escuché la voz de una mujer, no alcancé a ver su rostro, lo cubría con una especie de folder. Supuse que hablaba por teléfono, pero en vano busqué el aparato y los auriculares. Es una prófuga de la justicia social me dije. Al ratito se sentó dos asientos delante de mí y comenzó nuevamente con su soliloquio ante la mirada atónita de dos muchachos y una chica. A su lado un zambo descansaba cómodamente, atrás una pareja se estrujaba sin recato. La mujer describía una casa, utensilios de cocina, fechas y materiales de los que estaban hechos. Recuerdo “unos platitos naranjas chiquitos”, “en el 2005”, “el jardín estaba afuera y ahí había un cordel para que la ropa se seque” entre otras. Quise verla, así que oteé entre las cabezas, me demudó. Sus ojos me encontraron y calló. Pensé que me transformaría en piedra, no fue así. Poco a poco llamaba más la atención, sin embargo podía pasar por una parlanchina que simplemente hablaba demasiado fuerte, el handsfree imaginario pendiendo sobre el pecho, de no ser porque tenía como único interlocutor el espejo que llevaba entre sus manos.