sábado, 31 de diciembre de 2011

Margarita




El primer recuerdo que tengo de mi abuela es su silbido dominguero, muy temprano, casi de madrugada. No era muy fuerte, pero inconfundible.


Creo que nunca estuvo tan cerca a nosotros como en esos días.


Entonces no lo sabía, su vida se iba apagando de a pocos, se estaba despidiendo de nosotros. La poca vitalidad que le quedaba, caería enferma meses más tarde, la volcaba completa en cocinar, cuidar de cada uno y jalarnos de las mechas. Y tal vez ahí radique lo notable de ella, sabía que su partida era inevitable. Jamás acudió al médico en su vida, se reía de los dolores de muela saboreando caramelos de limón y viendo Trampolín a la fama.


Por las tardes, después del almuerzo, se sentaba en una silla de espaldas al patio de la casa, contaba historias pasadas de amantes imaginarios y otras no tan felices. Era inevitable verla descansar tranquila, a mitad de un recuerdo, la tarde ya casi moría, también.


Hacia las seis alisaba su falda gris, que ella misma hacia, y con el dorso de la mano se acomodaba el cabello. Siempre me intrigó saber si era la única prenda que tenía o eran muchas iguales que contaba en su haber.


Uno de nosotros la acompañaba al paradero, era verano creo, su bus tardaba en llegar. Debía ser el único, regresaba casi vacío.


La veía alejarse, desaparecer, como una lucecita de bengala, hasta el siguiente fin de semana.




Post scríptum: ... dos canciones favoritas de ella ...