sábado, 31 de agosto de 2013

Estrategia





Cada vez que empezamos una relación traemos a colación lo anterior, lo pasado. Del mismo modo como en la vigilia buscamos recordar lo olvidado, el sueño, en lo onírico recordamos lo que olvidaremos. Con cada nueva pareja buscamos traer de vuelta lo vivido para luego echarlo a los mares del olvido, al fregadero de la historia, para finalmente enterrarlo completamente. Nunca olvidamos por completo a una persona o, mejor dicho, nunca terminaremos de pensar en alguien. Pero es preciso que el nuevo amor traiga cuotas novedosas, puntos de partida que den origen a recuerdos que permitan, irónicamente, olvidarse posteriormente. La persona amada esperará con fruición ciertos elementos, que el amante proveerá, que le hagan rememorar el pretérito para garantizar una amnesia efectiva. Sin embargo, es en esa dualidad necesaria que subyace la trampa o el peligro de, en aras de olvidar lo sido, acabar recordándolo demasiado y culminar amando nuevamente lo que fue o amar por primera vez lo que nunca tuvo lugar. Por eso al romper, el luto necesario consiste en esa suerte de ascetismo vivido por el sufriente, cuna de lágrimas, canciones, fotos y demás que solo buscan refrescar mas no dejar de lado a quien inflige dolor sobre nuestro cuerpo. El olvido vendrá después, con el arribo de un nuevo amor, quien con una aguja magistral deberá delinear los recuerdos que el otro espera en su justa medida, información y práctica desde luego ignorada, pero imprescindible en estos avatares. Después de todo, los amores no son sino tatuajes en la piel, cicatrices bermejas, sanguinolentas, moretones eternos que pululan nuestras extremidades y cuya función no es otra que recordarnos que seguimos intentándolo y que para tal efecto precisamos estar vivos.