jueves, 31 de octubre de 2013

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Sentí una punzada en el parpado izquierdo. Te va a salir un orzuelo. Me fijé y estaba hinchado. Fui al baño y froté con agua y jabón. Sentí cierto alivio. 



II 


Más tarde, durante una conversación en el ómnibus, hago referencia a mi deformidad pasajera y la comparo con la de Gregorio Samsa. Ella me hace ver que sería un iluso si pensara que la historia se trata de un hombre que se transforma en mosca, asiento con la cabeza y agrego que tampoco es un escarabajo, simplemente cualquier insecto; algo repugnante. 



III 


En la noche del mismo día decido ver The Fly de Kurt Neuman. Me acomodo, empiezan los créditos y mi madre me dice que hay una mosca rondando el ambiente. Ya la vi. Prendo el interruptor y cojo el matamoscas. Una pequeña sobrevuela mis narices, pero la otra es gigante. Me acerco a la cocina y en ese preciso instante la veo posarse sobre la campana extractora. Cinco segundos más tarde la pantufla de mi progenitora se posa sobre ella y solo queda una mancha negra. 



IV 



Proseguí con la película, pero al principio me pareció aburrida y avancé algunas escenas. En el fondo me intrigaba saber cómo era la metamorfosis, sobre todo porque tenía la versión de Cronenberg como referente inmediato. Llegado el momento el actor principal llevaba un pedazo de tela sobre la cabeza, pues no quería que su esposa viera su rostro, sin embargo un descuido suyo deja ver su mano izquierda, ahora transformada en una pata de mosca. La sensación producida en el espectador es tal no tanto por los efectos especiales como por la música o la reacción de su esposa. La misma orden de recibir de manos de ella leche con ron es espeluznante, tanto o más que el sonido emitido por el sorbete al aspirar el líquido. No necesité ver más y satisfecho me fui a la cama. 






Aquella noche di vueltas en mi lecho. Temía algo, pero no sabía qué, aún no lo sé. Hacia el amanecer palpé mi rostro y lo busqué reflejado en el espejo de mi baño. 



VI 



Lo que empezó con una pequeña calentura y algunas manchas minúsculas en el pecho y el rostro termina siendo un conato de varicela. La familia se ve obligada a aislar al afectado en su habitación. Hasta ahora soy el único que ha toreado el mal al alimón, pero mientras escribo estas líneas empiezo a sentir cierto escozor en algunas zonas del cuerpo y puedo ver algunos lunares que antes no existían.