domingo, 22 de junio de 2014

Poser






Me contaron que su progenitora la había escoltado hasta el mismísimo lugar. El punto de encuentro no podía ser otro que un chifa de barrio, lugar incólume y preciado para los amantes de la tertulia, el fullvaso y la práctica del inglés. 



En los últimos años el progreso había sido, hay que decirlo, notable. Empezamos diciendo hellow, kan y may, y ahora, luego de una práctica intensa e ininterrumpida, nuestro vocabulario llegaba al drunk, wasted, vomit y wantan. 



Pomos más, pomos menos, habíamos aprendido, eso sí, a marinar la cebada con sabor oriental, pero aquella noche algunas botellas de agua brillaban entre tanta chela vacía. 



Cuando la vi, se notaba a leguas que había metido la cabeza en la waflera, encuerada por doquier, las uñas más largas que sus dedos y unas pestañas que bajaban hasta sus pómulos. 



Desde luego, la lady en cuestión solo tomaba bebida gasificada, cosa que desde luego tampoco pagó, pues mis compañeros son muy gilbertos o demasiado gentlemen . 



Por sugerencia de ella misma fue que dimos a parar a uno de esos lugares rectangulares donde la gente va a hacer alarde de su ineptitud para el canto y de su poca vergüenza para hacer el ridículo, y con ánimos de hacer collera y justificar el encuentro, accedí. 



Al regresar del baño la mesera me dice que el consumo por persona es de cuarenta maracas. Sufro de gastritis. No hay problema, tome agua. No me decido y al final ordeno una cerveza negra, y veo en esa acción una reminiscencia a la vida trasuntada del poeta Martín Adán



El pequeño espécimen a mi izquierda mira asombrada el vaso y la pequeña botella ¿Pero cómo vas a pedir cerveza? Me provocó ¿Está tomando una malta? La otra no dice nada. Al rato llega una fuente con piqueo que debe haber sido ordenada mientras estaba en el baño, deliberando con un amigo, cómo sortear el problema del consumo. Sírvanse dice la chica más nice del planeta. Acto seguido, la más pequeña abre sus ojos inflamados y deja al descubierto sus lentes verdes de contacto. La dentadura de repuesto tiembla al mordisquear los pedazos de pollo crujiente. 



La más animada es la chica yeyé, su voz va de lado a lado, su saliva gotea el borde de su trago. 



De pronto, y luego de casi hora y media, murmuran sobre la cuenta entre ellas. Que tal shell!!! Hasta su amiga que vestía tights raídas y despintadas tuvo más criterio que ella ¿Pago algo más? Deja pa tu trago nomás. Se puso de pie y estampó su pómulo sobre el mío. Naturalmente, sus labios rosas no podían posarse sobre mis mejillas infectas y de raíces cholas, cuando no vernaculares. El beso de Judas había tenido lugar. 



Y se marchó como se van las pituquitas de los distritos ubicados al Sur de Lima, mostrando sus dientes y derramando, para sí, lisuras a las madres de los presentes, pues seguro sentía que había perdido el tiempo en fajarse, depilarse, plancharse y talquearse, para cuatro creaturas que no le llegaban ni al taco larguísimo de sus zapatos. 



Y si mal no recuerdo, en el preciso instante que la puerta regresaba a su lugar, la canción Magdalena empezaba a sonar por los parlantes y fue entonada a viva voz por mis compañeros. 



Gente, la próxima vayamos al Shillies o al Saturday’s. Ooh yeah!!! Pero a hacer window shopping, a reírnos un poco de la gente posera que va por esos lares y luego enrumbamos al Canton, donde la vida es más parecida al mundo real, con sus sillas de madera y sus manteles con huecos, con su toilet sin jabón, su pecera sin peces, sus televisores llenos de crónica roja y unas gentes amabilísimas. 



p.s.: … supe a través del Facebook que la susodicha se encuentra requerida en la dependencia policial de la zona, San Miguel. Caballero, se te va a malograr la pedicure franchute, pero ni modo, así que apersónate a hacer un poco de dishwashing y como dice la tía Tilsa, apechuga nomás.