sábado, 15 de agosto de 2015

Onomástico





A Domenico y a nuestra única noche compartida juntos
Al amanecer que nos sorprendió mientras revivíamos a Ribeyro
A la noche imposible que desciende de tus pestañas 
A tu respiración potentísima, sinuosa, guerrera, de tornado
A tus manos afilando las cuerdas de mi guitarra
A la vigilia paciente de mi mirada resguardándote desde el canto de la cama
Al sueño compartido contigo
A tu primera visión del alba de mi ventana mientras descorrías la cortina
A tu diente aún por caer





sábado, 1 de agosto de 2015

Prematuro




A Mimí y a los parajes imposibles, 
 allá donde la dicha eterna se vuelve real 




             La idea de presenciar mi propio funeral creo que nace como un juego de adolescente por querer llamar la atención de mis pares. En secundaria, junto a dos compañeros, tal vez influenciados por la temprana desaparición de Kurt Cobain, nuestra adicción por Jim Morrison, Jimi Hendrix y Janis Joplin, Amy Winehouse aún era una púber, creíamos que tampoco llegaríamos a los 28 años, lugar común dirán algunos, demasiado cliché según otros. El caso es que dicho pensamiento me ha perseguido por mucho tiempo y justo ayer vuelve a aparecer a propósito de la muerte inútil de un joven de 36 años producto de la conjunción de un uñero y un virus en una playa del Norte del Perú, es decir, una de esas causas imposibles que llenan de lamento las almas de sus familiares y allegados acá en la tierra. El poder ver, por ejemplo, la recata fila de hipocritones al lado del féretro, otros recordando injustamente episodios faustos de mi vida, oír los comentarios de alabanza a mi persona por gente que ni siquiera conozco o que nunca llegué a conocer realmente, escuchar el lamento sincero y cercano de los que alguna estima me tuvieron, cómo se sentirían con mi partida, durante y luego de ella, no cómo dejo el mundo, sino cómo los dejo a ellos sin mi presencia, en qué medida los privo de mi ausencia, despierta en mí, cierto horror, morbo, satisfacción. A propósito de lo anterior, es harto conocida la proxemia llevada a cabo en torno al ataúd, los parientes más cercanos en proximidad inmediata, los menos conocidos un tanto alejados, los amigos de los amigos más al fondo y los sapos, al final. De igual modo, el licor corre alejado, tal vez todavía guardando algo de recato o fallando al intentar emular tradiciones ancestrales, al igual que las risotadas lanzadas y los chistes macerados, el silencio sepulcral se rompe a medida que se alarga la distancia. El caso es que él era mi contemporáneo y pronto cumpliré un año más de vida y desde luego pienso en su esposa y sus dos hijos y en el amor inconcluso, los proyectos por terminar, lo inacabado, pero también en el recuento de los años, aquello que pudo ser y no fue, lo sido y que no debió ser, lo que vendrá, lo que debe ser, lo que será. “Extraño tanto no poder abrazarte, te han enclaustrado en esa caja blanca y yo sin poder verte si quiera y pasarás el resto de tu vida en ese hueco frío, lleno de mosquitos y gusanos, aunque te vayas a un lugar más feliz yo te necesito aquí a mi lado”. Y mientras escribo esto, veo sobrevolar uno de ellos y posarse sobre mi escritorio, como buscándome, como quien me espera. “Mi pensamiento eres tú, no quiero ni puedo dejar de pensarte ¿Qué haré ahora con mi tiempo si no estás aquí? ¿Cómo mierda llenaré las horas que me quedan por vivir? ¿Qué sentido tiene seguir adelante sin ti?” Se escucha el lamento de despedida, las flores arrojadas sobre él, las lágrimas se mezclan con los aullidos y el nudo en la garganta libera cantos de otro mundo. Firmamento gris, ecuánime, sin lluvia. “Espérame”.



Journey y Separate Ways (Worlds Apart)