lunes, 24 de octubre de 2016

Mucho vello, pocos bellos y harto fello





No soy yo la de la foto, pero mi otro yo, tan solo una parte; tampoco lo mejor de mí, ni lo más real, mucho menos lo que los otros solo pueden ver, sino lo que no tienen más remedio que ver. Por eso ruego a todos sean algo honestos y me digan cómo luzco realmente.



En efecto, la leyenda anterior debería ser incluida de grado o fuerza antes de subir una foto a Facebook, toda vez que éstas no suscitan ningún tipo de comentario negativo del tipo te ves horrible, se te ve el rollo, si realmente supieran como eres, solo muestras tu mejor ángulo, o cosas por el estilo. Lo cierto es que para el común de las personas no parece muy coherente que amigos o familiares critiquen de manera negativa la foto de alguien cercano, en otras palabras, todos son fermosos en Facebook, sin embargo sabemos que nuestro circulo inmediato puede y a menudo comete errores y no por eso marcamos distancia de ellos, lo cual es válido, pero despierta suspicacia. ¿Es que acaso existe ya no la doble, sino triple y cuádruple moral en el mundo ideal, virtual? ¿Desde cuándo Facebook definió la perfección como algo exclusivo? Dejémonos de cojudeces de una buena vez, ese mundo quimérico y farsante tiene como objetivo embobarnos más, hundirnos en las apariencias y los efectos, llenar los vacíos reales, cubrir las imperfecciones. Entonces esa suerte de complicidad de hecho y de pensamiento, esa lealtad a prueba de balas, que va más allá de las inconsistencias morales se extiende al terreno virtual a través de un like, un me divierte, que lindos!, se les ve hermosos! etc, etc. Tal vez en aras de un gesto más realista sería bueno recordarles a nuestros conocidos que son unos desgranpados hijos de fruta, falsos, mentirosos, bígamos, poseros, horripilantes y algo más. A lo mejor eso podría afianzar nuestros vínculos o terminar, finalmente, por definirlos.



Las caras lindas de Ismael Rivera


miércoles, 5 de octubre de 2016

Lección número uno para los cachimbos de Comunicaciones





Hace mucho que los medios de comunicación y las plataformas novedosísimas, las llamadas redes sociales, también son consideradas responsables de los contenidos, es decir, de los mensajes que emiten y consecuentemente de las tendencias que crean.




En ese orden de reflexión el medio en sí, esto es, el formato a partir del cual se elaboran los discursos posee límites y efectos devastadores sobre los usuarios y la sociedad. Hecho por demás corroborado por autores de la talla de Pierre Bourdieu y Jean Baudrillard y no por Martínez Morosini, Nicolas Lucar, Steve Jobs o Mark Zuckerberg.




Lo cierto es que se trata de una responsabilidad compartida, pues los usuarios tienen que ver en el asunto, de ahí que sea completamente parcializado y demagógico decir que las tecnologías no son culpables, sino los usuarios.




Curiosamente son la propia gente inmersa en los medios, los jugadores de pokemon go, los adictos a las ventanitas, a las fotitos con filtro, a lo fácil, los pulpines y los psicolojudistas, quienes se esmeran en difundir esa ola de opiniones; lo justo sería realizar una autocrítica que vaya allende el tercer ciclo de universidad, algo concienzudo.




Sin embargo, sus argumentos no soportarían la crítica más débil, pues al ser ellos mismos los adictos y precisamente quienes menos saben de cuestiones que trasciendan las fronteras de google, lo más probable es que responderían con un like, un me gusta, un me divierte o algo por el estilo.




Me parece que el meollo del asunto se resume en lo siguiente: los defensores de las nuevas tecnologías simplemente dan su opinión y no un fundamento, es decir, quieren participar de un debate ideológico desde la doxa, tal cual lo hacen en las redes sociales.




Desafortunadamente sus ideas carecen de asidero y esto se debe básicamente a su éxito al capturar pokemones u obtener más visitas en segundos. En otras palabras, buscan aplicar las mismas reglas de juego de las plataformas donde se refocilan a sus anchas a terrenos pantanosos como la realidad o el mundo real.




Finalmente la conclusión es simple, a leer libros reales o virtuales y a debatir. La mesa está servida. 


Posdata: … el libro Sobre la televisión de Pierre Bourdieu y Lección sobre la lección del mismo autor, así como Contraseñas de Jean Baudrillard, Las alusiones perdidas de Carlos Monsivais, El orden del discurso de Michel Foucault y el clásico Apocalípticos e integrados de mi tío Umberto Eco podrían servir…



Accept y Balls to the wall