lunes, 11 de diciembre de 2017

Plato fuerte







Una manera de aletargar el presente es a través de la literatura. Pero una manera de viajar al pasado es, literalmente, vía la adquisición de discos de vinilo. Es cierto que las palabras también nos remiten al pasado. Qué duda cabe! Pero moverse en el espacio y postergar el tiempo presente están más ligados a la acción y es así donde la compra de artículos antiguos, vinilos, cobra sentido. Es innegable, insistimos, la capacidad de la literatura de hacernos soñar, de darle consistencia y espesura a las fábulas de la imaginación, pero la labor vinilera, casi de arqueólogo sensorial, no está limitada por la elucubración, donde todos los sentidos están involucrados. Primero lo visual, observar la superficie redonda es ya un placer sin par. Recorrer e imaginar con la mirada los surcos, las líneas de la vida, las historias musicales ocultas por desentrañar. Segundo, lo táctil, discurrir como si de un sistema braille se tratara en búsqueda de imperfecciones, desconfiar de lo que nuestros dedos conjugados con nuestra vista extraen a modo de conclusión. A veces lo que percibimos con el tacto no basta, hay que corroborarlo con la mirada, nuestras yemas no están libres de yerro. Tercero, la experiencia auditiva, el audio, la música que toca, el recuerdo traído al presente, el pretérito eterno, pero antes que eso, el sonido de fondo. El vinilo lleva un background sound y sobre eso la música. Curiosamente, la pureza del sonido radica en yuxtaponer la melodía sobre el hissing, el sonido de mar, la concha de abanico sonora. A eso hay que agregarle el scratch, también llamada canchita y papa frita. La suficiente para que deje oír los sonidos, demasiado entorpece la experiencia auditiva, muy poco, según algunos, le quita identidad, esto es, la razón de ser de escuchar vinilos. Cuarto, la limpieza, tal vez el trabajo más arduo, desempolvar los recuerdos y las canciones de esas pequeñas líneas delineadas sobre la superficie. Más allá de la técnica queremos resaltar aquí, el ejercicio de la paciencia y lo que eso supone. Por lo menos dos horas para limpiar y escuchar un vinilo. Cual fuese el método, lo importante es recalcar que nos enfrentamos a una experiencia profanadora, se trata de dejar correr la aguja, esperar a que la sustancia elegida haga efecto y que sobre la primera luego aparezca una mota de tierra muerta, a la vez que suciedad sobre el plato. El procedimiento se repetirá las veces que sean necesarias, a mayor repetición, mayor placer. Quinto y último, hablamos de moverse, de desplazarse en la ciudad en el afán persecutorio de hallar los tan preciados objetos coleccionables. Comprar vinilos de época equivale a sumergirse en las catacumbas de nuestras vivencias, naufragar victorioso o entristecido de tanta recordación. 



Colofón: El semiólogo francés Herman Parret habla de lo háptico, es decir, de la experiencia táctica y visual conjugadas. Sin duda el coleccionista de vinilos, pero sobre todo, el verdadero amante de ellos, cultiva lo háptico. Pues aquel toca con la mirada y mira con los dedos.

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